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Hay un reto enorme para el Ecuador: hacer realidad la promesa que la nueva Constitución encierra para la gente común y corriente: cambiar de tajo las estructuras y la cultura social de este país para acabar con la pobreza y las inequidades. Lamentablemente no veremos ese cambio muy pronto, porque lo que se siembra políticamente hoy solo se cosecha mucho tiempo después. Por ejemplo: la siembra de Eloy Alfaro hasta ahora no se cosecha del todo, pero está ahí: latente y dejando ver las primeras señales.

De hecho, la paradoja de los procesos revolucionarios es que los actores y ejecutores del cambio no siempre disfrutarán personalmente del mismo y, por el contrario, quienes lo lleguen a disfrutar ya estarán pensando en negarlo o superarlo con nuevos imaginarios y propuestas. Por eso todo hecho revolucionario (del tinte que sea, más si es ciudadano) no termina nada, con él empieza todo, incluidos los ‘combates’ entre los actores del mismo, que pueden concluir en desacuerdos y disidencias. Claro, nunca se podrá estar de acuerdo en todo. Dialécticamente, el conflicto abre nuevas posibilidades y escenarios para el desarrollo de la Historia.

Pero saltan las dudas: ¿es un proceso revolucionario clásico el que vive el Ecuador? O sea, ¿hay transformaciones radicales, una ruptura profunda en los principales ejes del sistema capitalista, en los resortes que sostienen la inequidad y la pobreza? Diría algo más: ¿son los dirigentes de este proceso los clásicos comandantes de la transformación y con ellos los teóricos y visionarios que arrastran a las masas por donde caminan? Evidentemente que no. Ni este es un proceso revolucionario clásico ni las circunstancias en la que se desarrolla dan para que el cambio sea violento. De hecho, la propuesta del Gobierno reniega de ese clasicismo de izquierda que no ha tenido espacio ni triunfos sonados en ningún país en estos tiempos. Por lo mismo, la izquierda radical no puede demandar una receta clásica ni la derecha puede juzgar con el mismo recetario para estigmatizar.

Por tanto el reto va más allá y supera el mero cumplimiento de la promesa implícita de la Constitución: imaginar que ese proceso revolucionario revoluciona las conciencias de la ciudadanía para proponer un cambio más allá de lo legal y formal. Y para eso hay que ir por encima de la propaganda y entrarle a fondo a concienciación a través de todos los medios posibles, identificando particularmente qué sostiene el modelo cultural y la estructura de dominación. El reto también implica que la dirigencia, sus propuestas y conductas, sus rutinas y prácticas cotidianas, no se enrede en lo que caracteriza a la burocracia (de por sí conservadora): aferrarse a los cargos porque de ellos se vive como un trabajo cualquiera, sino desatar la más auténtica transformación en el servicio público. Pero eso también exige una discusión abierta y un procesamiento de las ideas en debate para ir construyendo el corpus teórico que explique lo que se vive. Y, por último, obliga a un liderazgo colectivo donde se expresen las mentes más lúcidas y las acciones sean asumidas por convicción y no por imposición.

Orlando Pérez

20 de enero de 2010

PUBLICADO EN: EL TELÉGRAFO

 

 
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